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REDIB Informa (Espanha)

La caza afecta la conducta de los monos capuchinos de pecho amarillo

Publicado em 30 junho 2021

Una investigación llevada a cabo en la Reserva Biológica de Una (en el estado de Bahía, Brasil) revela que, en un hábitat con alta presión de caza, el riesgo de depredación tiene un fuerte impacto sobre la conducta de los monos capuchinos de pecho amarillo (Sapajus xanthosternos).

Esta situación lleva incluso a que estos animales eviten áreas ricas en biomasa vegetal e invertebrados, que constituyen sus principales fuentes de alimento. Las observaciones que se realizaron en el marco de este estudio se publicaron en el American Journal of Primatology.

“Muchas teorías en el área de primatología parten del principio de que la presión por hallar alimentos es más importante que la presión de la depredación. En este trabajo logramos demostrar que la presión de la depredación en Una es más importante a la hora en que los monos deciden dónde quedarse que los lugares en donde hay más alimentos. Estos animales terminan permaneciendo mucho menos tiempo donde hay más comida porque en esos lugares se percatan de que hay mayores riesgos de depredación. Otra cosa sumamente importante es que esos riesgos no son solamente los referentes a la depredación natural: son los riesgos de la depredación humana, los de la caza. La presión de caza hace que los especímenes permanezcan menos tiempo en los lugares donde existen más alimentos”, resume la investigadora brasileña Patrícia Izar, docente del Departamento de Psicología Experimental del Instituto de Psicología de la Universidad de São Paulo (IP-USP).

El artículo publicado que aquí se menciona es fruto del doctorado de Priscila Suscke, la primera autora del trabajo, realizado en Una, donde existe “un mosaico de hábitats” que comprende tres ambientes forestales distintos predominantes: el bosque maduro, el bosque secundario y un sistema agroforestal denominado cabruca (en el cual los árboles del cacao plantados reemplazaron a especies más bajas y crecen a la sombra de los árboles más altos).

“No es que el alimento no influya sobre el uso del área, sino que, en ese contexto de la reserva de Una, donde existe distintos ambientes de paisajes forestales, cada uno de esos ambientes contribuye con diferentes cantidades de alimentos, y a cada uno de ellos se le atribuyen niveles de riesgo diversos [ en este caso, los riesgos de depredación y de caza ]. Sopesamos los influjos sobre el grupo de monos a la hora en que utilizan esos ambientes. Y lo que entendimos fue que el grupo dejó de ir al territorio que ofertaba una buena cantidad de alimentos a causa de los riesgos que ello implica”, aclara Suscke.

Esta investigación contó con el apoyo de la FAPESP mediante una beca doctoral concedida a Suscke y una Ayuda Regular de Investigación concedida a Izar. “Toda mi investigación con primates, que ya se extiende durante 20 años, contó con financiaciones fundamentalmente otorgadas por la Fundación, aunque en mi caso también conté con el apoyo de otras agencias”, dice la primatóloga.

El recabado de los datos

Para recolectar la información de campo, la investigadora y otros tres observadores capacitados monitorearon a un grupo de capuchinos de pecho amarillo compuesto por una cantidad variable de entre 32 y 37 ejemplares. Siguieron a los monos simultáneamente y empezaron a reunir datos solamente después de que la concordancia entre sus observaciones alcanzó un 85 % de precisión. El tiempo de capacitación se extendió durante alrededor de tres meses. Todas las observaciones de apariciones se registraron con la ayuda de un GPS y, por ende, todas las que informaron estaban georreferenciadas.

“Para estimar la extensión territorial que los monos utilizan efectivamente para su supervivencia, su área de vida, que es menor que el área de la unidad de conservación, tuvimos en cuenta todos los puntos georreferenciados, incluso los lugares de alimentación y de dormir de los animales”, explica la geógrafa Andrea Presotto, segunda autora del artículo y docente del Departamento de Geografía y Geociencias de la Universidad de Salisbury (Estados Unidos).

El grupo analizó también la disponibilidad de alimento mediante la instalación de “trampas” para frutos (bandejas rectangulares de aluminio fijadas en el piso) y para invertebrados (cavidades en el piso, en las cuales se pone un recipiente destinado a la captura de los invertebrados: los animales caen en el agujero y luego no logran salir).

Para obtener los datos conductuales, se efectuó un muestreo por barrido: con intervalos de 15 minutos, los observadores registraban qué estaba haciendo cada ejemplar, y las actividades quedaron divididas en categorías (descansando, moviéndose, alimentándose, interactuando con otros, en alerta u otras actividades). Para estimar la percepción de riesgo, se registraron las alarmas vocalizadas y el surgimiento de la conducta de vigilancia en cada tipo de hábitat, también debidamente georreferenciadas (como así también las reacciones de los animales tras las alarmas, que se emplearon para investigar el riesgo de depredación percibido y su influencia en la conducta animal).

“De esta forma, sabemos acerca de la conducta de los monos con relación al alimento, al predador y al lugar donde se encuentran. Y tenemos también las mediciones objetivas de su área de vida: las características de los distintos ambientes, cuánto alimento poseen y el riesgo de depredación absoluto, que es la medida de la densidad de los predadores en el área”, remarca Izar.

El paisaje del miedo

Con base en los datos recolectados en campo, Presotto generó mapas para cinco variables de riesgo de depredación espacial: la presión de caza, la de predadores terrestres, la de predadores aéreos y la existencia de conductas de vigilancia y de silencio de los monos, de acuerdo con los tres ambientes forestales distintos predominantes en la reserva. A dicho abordaje se lo conoce como “paisaje del miedo”, y consiste en un modelo visual que ayuda a explicar de qué manera el miedo puede alterar el uso que hacen los animales de un área al intentar disminuir su vulnerabilidad a la depredación.

“La intensidad de cada variable recolectada se calculó en el GPS, mediante la aplicación del método de estimación de la densidad de kernel, que contabiliza, para una determinada área, cuantas veces ocurrió una aparición. Por ejemplo: cada vez que se observaba un ataque de un predador aéreo, se marcaba el punto en el GPS. Como todas las apariciones se anotaron, el modelo indica dónde aparecieron más”, dice la geógrafa.

Los mapas y el modelo estadístico espacial que generó Presotto con la representación de las variables de riesgo de depredación espacial confirman las hipótesis iniciales del grupo. “La evidencia de caza humana fue mayor en la cabruca, pero también se la encontró en los montes maduros y secundarios, en las zonas de transición hacia la cabruca. Y los monos permanecieron más en silencio en la cabruca que en los otros dos paisajes. La percepción de riesgo de existencia de predadores terrestres fue mayor en el bosque secundario, en tanto que la de predadores aéreos fue mayor en la cabruca y en lugares situados dentro de los bosques maduros y secundarios, fundamentalmente en las zonas de transición hacia la cabruca. Los monos permanecieron a menudo más alertas en la cabruca y dentro de una gran área de bosque secundario”, resume la investigadora, quien ha venido trabajando en la elaboración de un gran banco de datos georreferenciado sobre el tema.

Suscke pone de relieve las diferencias en la reacción de los monos ante los predadores. “Lo que importa es el riesgo de depredación que perciben: de qué manera la presa detecta en el paisaje dónde hay mayor o menor riesgo de ser depredada. Y a medida que el trabajo se fue refinando, se notó que distintos predadores afectan de diferente modo la percepción y la conducta de la presa. Así fue como logramos efectuar mediciones separadas para predadores aéreos y terrestres y cazadores. Y logramos demostrar que la caza es importante en la determinación del patrón de uso del área que hacen los monos. En otras palabras, que el riesgo inherente a la caza afectó negativamente el uso del área que hace esta especie.”

El grupo también estudia monos capuchinos en otros dos lugares: la hacienda Boa Vista, en el estado de Piauí, y el Parque Estadual Carlos Botelho, en el estado de São Paulo. “Como contamos con estudios comparativos, podemos afirmar que los monos de la Reserva Biológica de Una poseen una mayor percepción de riesgo de depredación debido a una existencia mayor de conductas de alarma ante la aparición de predadores, tales como las de silenciar o paralizarse, y estas parecen ser reacciones específicas ante la caza”, complementa Izar, quien recuerda que los monos capuchinos son naturalmente muy bochincheros. “Nuestro artículo muestra otro efecto negativo de la presión antrópica sobre la conducta animal.”

Los monos no son mascotas

Para Suscke, este artículo constituye también un estímulo a la reflexión sobre las políticas públicas. “La caza tiene un efecto negativo importante. Durante muchos años se crearon Unidades de Conservación, una política loable, pero nuestros resultados refuerzan la necesidad de cuidarlas mejor, de fiscalizarlas. Y también de llevar a cabo un trabajo de concientización con la población en general, pues existe todo tipo de caza, desafortunadamente: la caza oportunista, la caza deportiva, la caza para la alimentación y la caza para el tráfico de animales. No es inusual ver monos transformados en mascotas. En ese caso, generalmente se caza a la madre y se vende a la cría. En el caso de los monos capuchinos de pecho amarillo, estamos hablando de una especie bajo amenaza crítica de extinción, por eso se trata de algo difícil de resolverse, que debe ser objeto de políticas públicas más rígidas.”

Izar recuerda el reciente recrudecimiento del debate sobre la “Lista Pet”, una norma del Consejo Nacional de Medio Ambiente (Conama) de Brasil que estipula cuáles son las especies de animales silvestres que pueden comercializarse como animales de compañía, y que constituye una amenaza a los primates. “Existe actualmente una fuerte presión en el país, tan es así que la Sociedad Brasileña de Primatología puso en marcha una campaña intitulada ‘Los monos no son mascotas’. Sabemos que la legalización de la cría comercial de animales silvestres deriva en un aumento del tráfico ilegal de animales capturados en sus hábitats naturales, pues los animales criados comercialmente son mucho más caros.”