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Hay que plantar árboles, pero se debe saber también dónde y cómo hacerlo

Publicado em 28 outubro 2019

Por José Tadeu Arantes, Agência FAPESP

Hace dos meses, la revista Science publicó el artículo titulado The global tree restoration potential. Su primer autor es el ecólogo Jean-François Bastin, de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, en Suiza. En ese texto, se planteó lo que se afirmó que era “la solución más eficaz hasta ahora para afrontar los cambios climáticos”.

El referido artículo tuvo una enorme repercusión en los medios de comunicación. En él, Bastin y sus colaboradores se valieron de técnicas de teledetección y modelado para estimar que la “restauración forestal” en 900 millones de hectáreas de distintas regiones del planeta podría secuestrar 205 gigatoneladas de carbono.

Pero un numeroso grupo de ecólogos de renombre internacional puso en cuestión ese estudio. Y esto suscitó una respuesta encabezada por Joseph Veldman, de la Texas A&M University, en Estados Unidos. Y dicha réplica ahora ha sido publicada en Science bajo el siguiente título: Comment on “The global tree restoration potential”.

Entre los signatarios de esa respuesta despunta William Bond, profesor emérito de la University of Cape Town, en Sudáfrica, considerado como el mayor referente mundial en ecología de sabanas. Varios investigadores brasileños también participaron en la redacción de ese escrito, entre ellos Giselda Durigan, del Laboratorio de Ecología e Hidrología del Instituto Forestal del Estado de São Paulo.

“Además de basarse en cálculos equivocados, la propuesta de Bastin y sus colaboradores se erige a decir verdad como una amenaza a las sabanas y los pastizales, y a los recursos hídricos del planeta”, declaró Durigan.

Según la investigadora, Bastin y sus colaboradores cometieron “errores groseros”, a punto tal de incluir entre las áreas pasibles de reforestación al Parque Nacional de Yellowstone, en Estados Unidos; a la región de Los Llanos, en Venezuela, considerada uno de los ecosistemas más importantes del planeta, y al Cerrado, en Brasil, que constituye la sabana más biodiversa del mundo y la región en donde nacen algunos de los principales ríos del país: el Xingú, el Tocantins, el Araguaia, el São Francisco, el Parnaíba, el Gurupi, el Jequitinhonha, el Paraná y el Paraguay, entre otros.

“Desafortunadamente, las principales premisas y los cálculos de los autores de este estudio carecen de exactitud y redundan en sobreestimaciones que quintuplican el potencial de las plantaciones forestales para capturar carbono y mitigar los cambios climáticos. Asimismo, Bastin y sus colaboradores incluyeron en el mapa de las regiones con potencial de reforestación muchas áreas en donde los árboles reducirían el albedo y aumentarían el calentamiento global. Y propusieron plantaciones forestales en casi todas las regiones de pastizales y sabanas tropicales y subtropicales del planeta”, prosiguió la investigadora.

El albedo es la cantidad de energía solar que refleja la superficie de la Tierra. Cuanto más oscura es la superficie, menor es la reflexión y mayor es la absorción de la luz, que se transforma en calor. Un bosque absorbe mucho más calor que un campo abierto. Cuando se transforma un campo abierto o un pastizal en bosque, esto hace que la región pase a absorber más energía y puede derivar en un incremento del calentamiento global.

Asimismo, la ciencia ya ha demostrado que, cuando aumenta la biomasa de los árboles, se ve comprometida la producción de agua en las cuencas hidrográficas. Sucede que los árboles retienen en sus copas buena parte de la lluvia y utilizan mucha agua para vivir.

En síntesis, la reforestación constituye una excelente idea. Pero es necesario saber dónde y cómo efectuarla. Es un tema complejo, que comprende múltiples parámetros y variables: alguien que publica un artículo en Science debería saberlo. “Bastin y sus colaboradores se enfocaron exclusivamente el balance del carbono. Y encima erraron en las cuentas, al subestimar el carbono aprisionado en el suelo bajo la vegetación campestre; y sobreestimaron la capacidad de los árboles para acumular carbono”, dijo Durigan.

“Por su precipitación y grandiosidad, ese artículo terminó comprometiendo lo que era una buena idea. Porque varias regiones en donde existían bosques y se encuentran ahora degradadas podrían reforestarse efectivamente, con resultados sumamente positivos. Pero, para ello, sería necesario efectuar una selección mucho más criteriosa de las áreas, teniendo en cuenta conocimientos ya consolidados, que van mucho más allá de aquellos que aportan la teledetección y el modelado”, prosiguió.

De acuerdo con la investigadora, los pastizales y las sabanas, que son formaciones naturales, fueron tratados como áreas degradadas. “Ignoraron que el clima no es el único factor natural que regula la biomasa de los ecosistemas. Y también soslayaron estudios recientes que muestran que el plantío de árboles a gran escala sobre pastizales y sabanas puede generar consecuencias sumamente negativas para la biodiversidad y los servicios de esos ecosistemas abiertos, que se mantienen merced a regímenes naturales de fuego y herbivoría desde hace millones de años”, dijo.

Durigan cree que el artículo de Bastin y sus colaboradores alcanzó una repercusión excepcional porque agradó a todas las grandes empresas y a países que se benefician con la quema de combustibles fósiles para alimentar sus economías. “Si el mundo cree en los argumentos que se plantean en este artículo, la presión para que las empresas disminuyan las emisiones resultantes de la quema de combustibles fósiles disminuirá mucho”, dijo. (Fuente: AGENCIA FAPESP/DICYT)